Ep 68 República de Venezuela
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Fecha de entrega: 7 ago. 17:00
Las mil y una noches es un libro que contiene historias de Medio Oriente. Durante cientos de años, estos
relatos fueron orales, es decir, contados a viva voz por personas que iban de pueblo en pueblo. Hace mucho tiempo fueron recopilados en lo que hoy conocemos como Las mil y una noches. El libro fue
traducido a todos los idiomas y a través de sus páginas se conoció el mundo oriental: India, Persia, Siria, China y Egipto son algunas de esas tierras.
Muchas de las historias que están en este libro son muy famosas y se han convertido en cuentos para grandes y chicos, en películas y dibujos animados:
Aladino y la lámpara mágica, Alí Babá, y las aventuras de Simbad el Marino. Seguro
que conocés alguna. En este cuadernillo vamos a sumergirnos en las aventuras de
Simbad el Marino.
Leé el siguiente texto que nos cuenta quién es Simbad y cómo se
hizo tan conocido. Es un texto largo, podés hacerlo en dos días sucesivos.
Los viajes de Simbad el Marino
Primer viaje de Simbad
He llegado a saber, oh Rey afortunado, que en tiempos del califa Harún Al–Rachid
vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Simbad el Faquín. Era pobre y
para ganarse la vida transportaba pesados bultos sobre su cabeza de un punto
a otro de la ciudad. Un día de calor excesivo pasó por delante de la puerta de una
casa que debía pertenecer a algún mercader rico; soplaba allí una brisa gratísima
y cerca de la puerta se veía un banco para sentarse. Al verlo, el faquín Simbad dejó
su carga y se sentó. Entonces no pudo menos que suspirar y exclamar: “¡Gloria a
Ti, oh Alah! Por la mañana, yo, Simbad el Faquín, me levanto agotado del trabajo
del día anterior; el propietario de esta mansión, en cambio, disfruta de sus guisos y
se rodea de sonidos y aromas delicados. ¡Oh, Alah, quiero creer que gobiernas con
sabiduría!” Simbad el Faquín se dispuso a recoger su fardo para marcharse. Pero
salió por la puerta un joven sirviente que le tomó la mano y dijo:
– Mi señor ha escuchado tus lamentaciones y te manda llamar. Sígueme.
Simbad se dejó llevar, avergonzado y cabizbajo. El señor de la casa le ofreció los
mejores manjares y le dijo:
– He sabido que te llamas igual que yo, porque mi nombre es Simbad el Marino.
Este bienestar que ves en mi vejez ha sido adquirido después de grandes fatigas. Te
contaré la historia de mi vida. Has de saber que mi padre fue un rico comerciante.
Cuando murió yo era muy joven. Me hice hacer costosos vestidos, me rodeé
de servidores e invité a grandes banquetes hasta que un día descubrí que me
encontraba a las puertas de la pobreza. Vendí todo lo que me quedaba y adquirí
mercancías para salir a comerciarlas. Me embarqué junto con otros y navegamos
por el río Basora hasta salir al mar y alejarnos de las costas de la patria.
Navegamos durante días y noches, de mar en mar, de isla en isla, de tierra en tierra
y de puerto en puerto. Allí por donde pasábamos, vendíamos y comprábamos
obteniendo provecho de nuestro trabajo.
Un día llegamos a una pequeña isla que parecía un jardín.
El capitán mandó echar anclas y los comerciantes que íbamos a bordo
desembarcamos. Unos decidieron descansar, otros recorrer el lugar y algunos
encendieron lumbre para preparar alimentos.
De repente, tembló la isla toda con una ruda sacudida. El capitán, que permanecía
en la orilla, empezó a dar grandes voces:
– ¡Alerta, pasajeros! Esta no es una isla sino un pez gigantesco dormido en medio
del mar. La arena se le ha ido amontonando y sobre ella ha crecido el musgo y
los árboles. Vuestras hogueras lo han despertado. ¡Abandonad vuestras cosas y
salvad vuestras vidas!
Los pasajeros, aterrados, echaron a correr hacia el navío. Algunos pudieron
alcanzarlo, otros no lo lograron porque el enorme pez se había puesto ya en
movimiento. Yo me vi de pronto rodeado por las olas tumultuosas que se cerraban
sobre los lomos del monstruo. Me aferré a un tronco mientras veía alejarse al
navío con aquellos que habían logrado alcanzarlo, ¡que Alah los perdone!
Me senté sobre el tronco y remé con brazos y piernas a favor del viento. Así pasé
un día y dos noches hasta que el viento y las olas me arrastraron a las orillas de
una isla. Allí quedé sumido en un sueño profundo hasta que el ardor del sol logró
despertarme. Me arrastré hasta una llanura cercana; bebí agua dulce y comencé
a alimentarme con los frutos caídos de los árboles. Poco a poco, recobré mis
fuerzas. Empezaba a estar harto de tanta soledad y solía recorrer la orilla del mar
a la espera de algún navío que pudiera recogerme. Una mañana, ascendí a una
punta rocosa para otear el horizonte y descubrí una vela entre las olas. Desgajé
una rama e hice señas con ella lanzando al viento grandes alaridos. Finalmente
me vieron y se acercaron a la costa para socorrerme. En la nave, me ofrecieron
alimentos y ropas para cubrir mi desnudez y me sentí invadido por un gran
bienestar. Al día siguiente, conté mi historia y el capitán se compadeció mucho
de mis penas.
– Quisiera serte útil, –me dijo–. Has de saber que llevamos navegando y
comerciando muchísimo tiempo. Ahora nos dirigimos a un puerto cercano.
Para que no tengas que llegar a tu tierra en tan miserable estado, mi deseo es
entregarte los fardos de un mercader que embarcó con nosotros en Basora pero
que ha perecido ahogado. Encárgate de vender las mercancías y yo te daré una
retribución por tu trabajo; después te dirigirás a Bagdad, preguntarás por la familia
del ahogado y les harás llegar el importe de lo que vendas más la s mercancías
sobrantes.
Al oír estas palabras, miré atentamente al capitán y lleno de emoción pregunté:
– ¿Y cómo se llamaba ese mercader, capitán?
Él me contestó:
–¡Simbad el Marino!
Grité entonces con toda mi voz:
– ¡Yo soy Simbad el Marino!
Luego añadí:
– Cuando se puso en movimiento el enorme pez a causa del fuego que encendieron
en su lomo, yo fui de los que no pudieron ganar tu navío y cayeron al agua. Pero
me salvé gracias a un tronco de madera sobre el que me puse a horcajadas hasta
alcanzar la costa.
Al escucharme el capitán, exclamó:
– ¡No hay poder más que en Alah el Altísimo!–.
El capitán me entregó los fardos. Después seguimos navegando hasta llegar a
puerto, vendí allí mis mercancías y regresé a Bagdad, donde volví a ver a mi familia
y a mis amigos. Inicié una nueva vida comiendo manjares admirables y bebiendo
bebidas preciosas y olvidé las penurias pasadas y los peligros sufridos. Pero
mañana, si Alah quiere, os contaré, ¡oh invitados míos! el segundo de los viajes
que emprendí.
Y Simbad el Marino se encaró con Simbad el Faquín y le rogó que cenase con él.
Luego, hizo que le entregaran mil monedas de oro y antes de despedirlo lo invitó
a volver al día siguiente.
Algunas historias de las mil y una noches: antología de cuentos orientales/adaptado por Mirta Torres;
ilustrado por Diego Moscato. -2a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Instituto Internacional de
Planeamiento de la Educación IIPE-Unesco, 2011.
A) Ahora te proponemos pensar sobre esta historia. Si la leíste con
alguien más, será una buena oportunidad para intercambiar
opiniones. Podés releer .
Escribí las respuestas en tu carpeta.
1. ¿Por qué Simbad el Marino se embarca en un viaje tan peligroso? ¿Dónde te
parece que explica sus motivos?
2. ¿Conocés otras historias de viajeros? ¿Cuáles? Tal vez escuchaste hablar de
Marco Polo, de James Cook, de Charles Darwin… Algunos realmente existieron.
En algunos, lo que se cuenta pueda ser una combinación de realidad y fantasía.
3. ¿Qué problema se le presentó a Simbad y al resto de los comerciantes en este
viaje?
4. ¿Cómo se salva de morir ahogado?
5. Cuando Simbad es rescatado, el capitán no lo reconoce; ¿por qué no lo habrá
reconocido?
Si te gusta esta historia o las historias de aventuras en el mar, te contamos que
Simbad realizó ocho viajes. Si querés leer alguna más ahora, las encontrás en
Historia de Sindbad el Marino - Anónimo: Las mil y una noches